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Un acercamiento a la gastronomía

Aprender a mirar

Hace unos días, después de una comida, alguien me hizo una pregunta que escucho con frecuencia.

—¿Entonces… sí vale la pena?

No me preguntó por un ingrediente, no quiso saber cuál fue mi platillo favorito, ni siquiera me preguntó qué había aprendido durante esa experiencia.

Quería una respuesta sencilla. Sí o no. Vale la pena o no vale la pena.

Mientras regresaba a casa seguí pensando en esa conversación. No porque la pregunta estuviera mal. Al contrario, todos la hacemos. Lo que me llamó la atención fue descubrir cómo, muchas veces, esperamos que alguien más nos diga qué pensar antes de permitirnos construir una opinión propia.

Vivimos rodeados de recomendaciones, elegimos películas porque alguien las calificó, leemos libros porque aparecieron en una lista, escuchamos música porque está de moda, visitamos restaurantes porque alguien nos dijo que eran los mejores.

Las recomendaciones siempre han existido y, bien entendidas, son valiosas.

Nos ayudan a descubrir lugares, personas y proyectos que quizá nunca habríamos encontrado por nuestra cuenta. El problema comienza cuando dejamos de descubrir para empezar únicamente a confirmar.

Cuando llegamos a una mesa buscando comprobar si coincide con lo que leímos en internet, en lugar de preguntarnos qué nos hizo sentir esa experiencia.

Con el tiempo he entendido que uno de los aprendizajes más importantes que me ha dejado la cocina no tiene que ver con una receta, tiene que ver con la mirada. Porque un criterio no aparece de un día para otro; se construye. Se construye probando, escuchando, comparando, equivocándose, volviendo, viajando, conociendo personas, sentándose en mesas distintas. Aprendiendo a reconocer los detalles que antes pasaban desapercibidos.

Recuerdo que hace algunos años yo también buscaba respuestas rápidas. Quería saber cuál era el mejor lugar, cuál era la mejor técnica, cuál era el mejor producto, con el paso del tiempo descubrí que las preguntas realmente importantes eran otras.

¿Por qué una experiencia permanece en mi memoria? ¿Por qué regreso una y otra vez a ciertos lugares? ¿Por qué algunos sabores nos acompañan durante años mientras otros desaparecen apenas termina la comida?

La respuesta nunca ha sido una sola. A veces es un ingrediente extraordinario, otras veces es una conversación, en ocasiones es el servicio, la compañía, la historia detrás de un platillo o simplemente el momento de la vida en que lo vivimos.

Por eso creo que construir un criterio exige algo que hoy parece escasear: tiempo. Tiempo para observar, tiempo para escuchar, tiempo para volver. Porque una sola visita difícilmente explica un restaurante. Un solo platillo no resume el trabajo de una cocina.

Y una experiencia, por buena o mala que sea, nunca alcanza para comprender completamente el esfuerzo de quienes están detrás de ella.

Cada temporada me recuerda justamente eso.

Durante estas semanas miles de personas recorrerán distintos restaurantes buscando vivir una experiencia alrededor de uno de los platillos más representativos de nuestra cocina. Y eso me parece extraordinario porque cada mesa contará una historia distinta: habrá quien encuentre el sabor que llevaba años buscando, habrá quien descubra por primera vez un platillo que nunca había probado, habrá quien recuerde una comida familiar. Y habrá quien simplemente disfrute una buena conversación.

Ninguna de esas experiencias invalida a la otra. Todas forman parte de la riqueza de sentarnos a la mesa. Quizá por eso me cuesta responder cuando alguien me pregunta dónde está “el mejor”. No porque no existan lugares extraordinarios; claro que existen, y es importante reconocer el trabajo bien hecho.

Pero también creo que una buena experiencia no termina cuando pagamos la cuenta: termina cuando somos capaces de explicar por qué nos conmovió. Y esa respuesta nunca puede construirla otra persona por nosotros.

Cada uno tiene la responsabilidad de formar su propio criterio, de aprender a mirar con atención, de permitirse descubrir. Porque, al final, la cocina no sólo alimenta el cuerpo. También educa la mirada.

Y cuando aprendemos a mirar mejor, no sólo elegimos mejor un restaurante. Aprendemos también a valorar con mayor profundidad el trabajo, las personas y las historias que hacen posible aquello que llega a nuestra mesa.

Quizá ése sea uno de los mayores regalos que una buena comida puede dejarnos.

No decirnos qué pensar. Sino enseñarnos a mirar.

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