Hola, hola, mi estimado lector, ¿qué tal tu semana? Por aquí todo bien y lo prometido es deuda. Seguimos con la saga de los ingredientes que México le regaló al mundo. Y hoy te vengo a platicar que si el maíz es nuestra madre, el cacao es nuestro amor tóxico. Ese que nos hace sufrir, nos hace felices y nos deja sin dinero.
Justamente hablando de eso, déjame te platico que antes de que existiera el dinero, ya existía el chocolate. Su nombre científico lo dice todo: Theobroma cacao, alimento de los dioses. Linneo, esta personalidad que fue quien se encargó de inventar la nomenclatura, lo probó y dijo: «esto no es comida, esto es divino», y tenía razón.
El cacao nació hace unos 5,000 años para que te des una idea, allá en la selva amazónica, pero fueron los olmecas aquí mismo, aquí al ladito en Veracruz y en Tabasco, donde ellos fueron los primeros en decir: «¿Y si lo muelo? ¿Y si le ponemos chile? ¿Y si le ponemos vainilla? ¿Y si me lo tomo?». 1,500 años antes de Cristo ya andaba nuestra gente batiendo cacao en un vaso.
Los mayas continuaron la labor y ellos lo elevaron a ritual. El cacao no era postre: el cacao era política, religión y un todo junto. Nada más para que te des una idea, para los mayas y los aztecas el cacao valía más que el oro, literal. Con 100 semillas de cacao te comprabas un esclavo; con 10, un conejo. Imagínate en nuestros días llegar al OXXO y pagar con tres almendras de chocolate.
Moctezuma II, según Bernal Díaz del Castillo, se tomaba 50 jícaras de cacao al día nada más para tener energía e irle a echar un ojito a sus esposas. 50. Pues cómo no, con razón este men gobernaba un imperio: el hombre andaba hiperactivo.
Oye, espérate, y no era el Chocolate Abuelita ese que conoces dulce, no, no, no. Él tomaba el chocolate amargo, espeso, con chile, ese espumoso que se servía en jícara.
Los españoles llegaron, lo probaron y pusieron la misma cara que tú cuando pruebas café sin azúcar por primera vez. No les gustó, obviamente. Hasta que una monja le puso azúcar de caña y canela. Ándale, ahí nació el chocolate moderno, gracias a una monja anónima de Oaxaca que la neta debería de tener su estatua.
Cortés se llevó el secreto a España en 1528 y mira que lo guardó bien, ¿eh? Nada más 100 años como secreto de Estado, el canijo. Solo la nobleza podía tomarlo: era algo así como el expreso de nuestros días.
Cuando se le escapó el chisme y topó con Francia e Italia, le agregaron leche. Y para 1847 en Inglaterra alguien dijo: «¿Y si lo hacemos sólido?». Y pum, ahí nació el chocolate en tablilla. Imagínate que nuestro cacao pasó de ser bebida de guerreros a barritas de tiendita.
Y aquí viene el dato que me duele, aquí viene lo peor: porque México inventó el cacao, pero hoy produce menos del 1% mundial. Producimos unas 28,000 toneladas al año (Tabasco, Chiapas y Guerrero se llevan el 90% de esto), mientras Costa de Marfil produce 2 millones de toneladas. Nosotros inventamos la receta y otros se quedaron con la fábrica, como nos pasa con todo.
Y te estoy hablando de que nosotros producimos el cacao bueno, el criollo, el de almendra blanca, el que huele a nuez y a flores. Este cacao está en peligro: lo estamos cambiando por el CCN-51. ¿Qué es esto? Es un cacao transgénico, porque sí, nos hartamos de jugar a ser Dios. Es verdad que es un cacao que da más, pero sabe poco; es como cambiar el mole de la abuela por un mole de vasito.
Así que ponte pilas. La próxima vez que te tomes un chocolate de metate, bien batido, de esos que te dejan bigote y te hacen espuma en la nariz, nada más quiero que recuerdes que te estás tomando moneda azteca, viagra de Moctezuma, secreto de Estado español y la única religión en la que todos creemos.
Yo no sé tú, pero no me canso de admirar nuestras raíces. Te repito que la gastronomía no es solo alimento: es historia, es ciencia, es amor. Permíteme llevarte a conocer aún más sobre este tema. ¿Jalas? Bueno, entonces tenemos una cita la próxima semana. Mientras tanto, comparte esto. Difunde México. Hasta la próxima.
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