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Un acercamiento a la gastronomía

La paciencia también se cultiva.

—Todavía no.

Eso fue lo primero que escuché.

Frente a nosotros había árboles cargados de fruto. A simple vista parecían listos. Yo no entendía por qué seguíamos esperando.

—Pero ya está —respondí.

Quien caminaba conmigo sonrió, volvió a mirar el árbol y repitió exactamente lo mismo.

—Todavía no.

No hubo una explicación larga. No hizo falta.

Continuamos caminando.

Con el paso de los años entendí que aquella respuesta nunca fue sobre un fruto. Fue sobre el tiempo.

Vivimos en una época que nos enseñó a desconfiar de la espera. Si algo tarda, creemos que algo está mal. Queremos respuestas inmediatas, resultados rápidos y soluciones para todo. Medimos la eficiencia por la velocidad y terminamos creyendo que la paciencia es una pérdida de tiempo.

La naturaleza piensa exactamente al revés. No adelanta una flor porque alguien tenga prisa, no retrasa una lluvia porque un productor la necesite unos días después, no acelera una cosecha porque un restaurante quiera comenzar una temporada. La naturaleza no trabaja para nosotros, nosotros somos quienes hemos tenido que aprender a trabajar con ella y esa diferencia cambia por completo la forma de entender un alimento.

Durante mucho tiempo pensé que la cocina consistía en transformar ingredientes. Hoy creo que la cocina empieza mucho antes, empieza cuando alguien decide esperar un día más, cuando entiende que cortar antes también tiene consecuencias. Cuando acepta que hay procesos que no pueden forzarse, después de recorrer distintos campos he descubierto algo que me sigue sorprendiendo. Hay personas capaces de leer cosas que para la mayoría pasan desapercibidas, observan el cielo durante unos segundos, toman un poco de tierra entre las manos, miran el color de una hoja, guardan silencio y entonces toman una decisión. No es intuición, es conocimiento. Un conocimiento construido durante generaciones.

No apareció en un manual.

No nació en una pantalla.

Se fue formando lentamente, temporada tras temporada, aprendiendo tanto de los aciertos como de los errores. Quizá por eso cada vez admiro más a quienes dedican su vida a trabajar la tierra. No porque hagan algo extraordinario; sino porque han aprendido algo que muchos de nosotros hemos olvidado. Entendieron que no todo depende de la voluntad, que existen cosas que simplemente necesitan tiempo.

Y que intentar adelantarlas casi siempre tiene un costo.

Con los años me he dado cuenta de que esa lección no sirve únicamente para entender un cultivo, también sirve para entender la vida, hay amistades que necesitan tiempo, hay proyectos que necesitan tiempo, hay personas que necesitan tiempo, y hay sueños que, por más esfuerzo que pongamos, no llegan antes solamente porque los deseemos con más fuerza.

Quizá por eso aquella respuesta sigue apareciendo en mi cabeza cada vez que siento la necesidad de acelerar las cosas.

—Todavía no.

Dos palabras.

Nada más.

Pero pocas veces una respuesta tan breve me enseñó tanto.

Hoy vivimos rodeados de herramientas capaces de decirnos el clima de los próximos días, calcular rendimientos y hacer casi todo más rápido.

Sin embargo, ninguna tecnología ha logrado cambiar una verdad tan sencilla como incómoda. La naturaleza sigue marcando el ritmo, Y nosotros seguimos siendo aprendices de ese tiempo. Tal vez ahí se encuentre una de las mayores enseñanzas que la cocina me ha regalado. Comprender que conocer un alimento no empieza cuando aprendemos a cocinarlo, empieza cuando somos capaces de respetar el tiempo que necesitó para existir. Porque detrás de cada temporada hay decisiones que no se tomaron con prisa, hay personas que esperaron cuando lo más fácil habría sido adelantarse.

Hay conocimiento que sólo pudo construirse después de muchos años de observar, equivocarse y volver a empezar. Y eso merece, por lo menos, nuestra atención.

Aquella mañana entendí que el fruto no estaba esperando por nosotros, éramos nosotros quienes todavía no estábamos listos para entenderlo, desde entonces, cada vez que la vida me exige correr, vuelvo a escuchar aquellas dos palabras.

—Todavía no.

Y, curiosamente, ya no me desesperan. Me recuerdan que hay cosas que sólo llegan cuando encuentran su momento. La tierra lo ha sabido desde siempre, quizá ahora nos toca volver a aprenderlo nosotros.

Porque la paciencia, igual que los mejores frutos, también se cultiva.

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