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Un acercamiento a la gastronomía

Esperar también es una forma de disfrutar.

Hace algunos años tuve la oportunidad de recorrer por primera vez un campo de cultivo. Recuerdo que caminaba entre los árboles observando el color de los frutos y pensando que ya estaban listos. A simple vista todo parecía perfecto. Sin embargo, la persona que iba conmigo sonrió y me dijo algo muy sencillo: “Todavía no.

En ese momento no entendí del todo a qué se refería.

Los árboles estaban llenos de vida. El paisaje era extraordinario y, desde mi mirada de cocinero, aquellos ingredientes parecían haber llegado al momento que yo esperaba. Pero para quien había dedicado gran parte de su vida a trabajar la tierra, la respuesta era distinta. Aún faltaba tiempo. Aún faltaban días de sol, noches de frío, lluvia, paciencia y confianza. Aún faltaba dejar que la naturaleza hiciera aquello que solamente ella sabe hacer.

Con el paso de los años he recordado muchas veces esa conversación.

Y, curiosamente, hoy pienso que una de las palabras más importantes que la cocina me ha enseñado es justamente esa: todavía. Vivimos en una época donde pareciera que todo tiene que ocurrir de inmediato. Queremos resultados rápidos, respuestas instantáneas y soluciones que lleguen cuanto antes. Nos cuesta esperar. Nos cuesta entender que existen procesos que simplemente no pueden acelerarse.

Quizá por eso las temporadas siguen pareciéndome una de las lecciones más bonitas que podemos encontrar alrededor de los alimentos. No porque nos limiten, sino porque nos recuerdan que existen momentos que simplemente no pueden adelantarse.

Mientras más tiempo llevo dedicado a este oficio, más claro tengo que una temporada no comienza el día en que encontramos un ingrediente en un mercado. Comienza mucho antes, cuando la tierra inicia un nuevo ciclo. Cuando el clima cambia. Cuando alguien prepara el terreno sin tener la certeza absoluta de lo que ocurrirá meses después. Cuando el tiempo empieza a hacer su parte.

Es curioso. Muchas veces pensamos que esperar significa permanecer inmóviles, cuando en realidad sucede exactamente lo contrario: mientras nosotros esperamos, alguien trabaja; mientras nosotros contamos los días, alguien observa el cielo, revisa la tierra, cuida un cultivo, toma decisiones y confía en que todo saldrá bien. La espera nunca ha sido tiempo perdido; la espera también forma parte del trabajo. Y quizá por eso también forma parte del disfrute.

Con frecuencia creemos que aquello que nos emociona está relacionado únicamente con el momento en que finalmente sucede. Sin embargo, si lo pensamos con calma, descubriremos que buena parte de esa emoción nació mucho antes.

Sucede cuando planeamos un viaje durante meses, cuando esperamos el regreso de un ser querido, cuando organizamos una reunión familiar, cuando imaginamos un proyecto que todavía no existe.

La ilusión también necesita tiempo para crecer.

Y creo que con los alimentos ocurre exactamente lo mismo.

Cuando algo está disponible todos los días, dejamos de esperarlo. Poco a poco deja de sorprendernos y termina convirtiéndose en parte del paisaje cotidiano. En cambio, cuando sabemos que volverá únicamente en el momento que le corresponde, nuestra relación con ello cambia por completo. Lo esperamos, lo celebramos, lo compartimos, lo recordamos.

Y entonces entendemos que parte de su valor estaba precisamente en no haber permanecido siempre frente a nosotros.

Después de tantos años cocinando, he comprendido que la cocina me ha enseñado mucho más que recetas. Me ha enseñado a mirar el tiempo con otros ojos. A entender que no todo debe suceder cuando yo lo deseo. Que existen procesos que merecen ser respetados y que muchas de las cosas que realmente valen la pena necesitan paciencia para construirse.

Lo mismo ocurre con las amistades, con la confianza, con los proyectos, con los sueños. Nada de eso aparece de un día para otro: todo necesita un proceso, todo necesita un “todavía.”

Quizá por eso me gusta pensar que las temporadas siguen siendo una extraordinaria lección de vida. Porque nos recuerdan que la naturaleza no compite contra el reloj. Que cada ciclo tiene un propósito y que apresurar aquello que aún no está listo casi siempre significa renunciar a una parte de su esencia.

Vivimos tan acostumbrados a la inmediatez que, sin darnos cuenta, hemos dejado de disfrutar el privilegio de esperar. Y tal vez esa sea una de las cosas que más vale la pena recuperar.

Porque la espera no siempre representa una ausencia. Muchas veces representa la posibilidad de llegar al momento correcto.

Quizá el verdadero lujo no sea poder tener cualquier cosa en cualquier momento. Quizá el verdadero lujo sea conservar la capacidad de emocionarnos cuando algo vuelve exactamente en el instante en que debía volver.

Porque hay cosas que no están hechas para permanecer todo el tiempo. Están hechas para regresar. Y quizá sea precisamente esa espera la que termina dándoles su verdadero valor.

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