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Un acercamiento a la gastronomía

¿Cuánto vale un alimento?

Hay preguntas que parecen tener una respuesta muy sencilla.

¿Cuánto cuesta un kilo de fruta?
¿Cuánto cuesta un pan?
¿Cuánto cuesta un queso?
¿Cuánto cuesta una comida?

Respondemos con un número casi de manera automática. Es una costumbre que hemos aprendido desde hace años. Preguntamos el precio, hacemos cuentas y tomamos una decisión. Es algo completamente normal.

Sin embargo, hace tiempo comencé a pensar que quizá estamos haciendo la pregunta equivocada. Porque una cosa es preguntarnos cuánto cuesta un alimento y otra, muy distinta, preguntarnos cuánto vale.

La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo la conversación.

Durante muchos años yo también respondí esa pregunta con un precio. Era lógico. Trabajaba en cocinas, hacía compras, revisaba costos, elaboraba presupuestos y entendía los alimentos desde una perspectiva muy distinta a la que tengo hoy.

Con el paso del tiempo, este oficio comenzó a llevarme a otros lugares. Me permitió caminar por mercados donde las conversaciones comienzan antes del amanecer. Me abrió las puertas de campos donde el tiempo parece avanzar con otro ritmo. Me sentó a la mesa con personas que han dedicado toda su vida a un mismo oficio y que entienden los alimentos desde un lugar que difícilmente puede explicarse en una receta.

Fue ahí donde empecé a comprender que un alimento nunca llega solo. Llega acompañado de historias, de conocimiento, de tiempo, de decisiones, de personas.

Y, sobre todo, de una enorme cantidad de trabajo que casi nunca alcanzamos a ver.

Vivimos en una época donde prácticamente todo puede compararse por precio. Lo hacemos todos los días. Comparamos teléfonos, automóviles, ropa, servicios y, por supuesto, también alimentos. Pero hay algo que el precio nunca podrá explicar.

Nunca podrá decirnos cuántas personas participaron para que ese alimento llegara hasta nosotros, nunca podrá resumir los años de experiencia que existen detrás de un oficio, nunca podrá contar las veces que alguien tuvo que empezar de nuevo cuando las cosas no salieron como esperaba, nunca podrá explicar la paciencia que exige esperar el momento correcto; y, sobre todo, nunca podrá medir el conocimiento que pasa de una generación a otra sin aparecer escrito en ningún libro.

Quizá por eso cada vez me cuesta más pensar en los alimentos como simples productos.

Hoy veo un ingrediente y, casi de manera inevitable, me pregunto qué historia habrá detrás de él.

¿Quién habrá dedicado parte de su vida a conocerlo? ¿Cuántos años hicieron falta para entenderlo? ¿Qué decisiones tuvieron que tomarse antes de que llegara a mis manos?

Y entonces entiendo que cocinar también implica aprender a mirar. Porque una cocina no comienza cuando encendemos el fuego, comienza mucho antes. Comienza cuando alguien decide dedicar su vida a un oficio, comienza cuando una familia transmite su conocimiento a la siguiente generación, comienza cuando el tiempo hace su parte y la experiencia encuentra la manera de convertirse en tradición.

Con frecuencia hablamos de la importancia de consumir alimentos de calidad, pero pocas veces hablamos de algo que, para mí, resulta todavía más importante: aprender a reconocer el valor de quienes hacen posible que esos alimentos existan.

Y reconocer no significa idealizar, significa comprender.

Significa entender que detrás de cada ingrediente existe una historia que merece, al menos, un momento de nuestra atención.

Mientras más tiempo llevo dedicado a la cocina, más claro tengo que uno de los mayores privilegios que este oficio me ha regalado ha sido cambiar la manera en que observo una mesa.

Antes veía ingredientes, hoy veo caminos. Antes veía recetas, hoy veo personas. Antes veía productos, hoy veo tiempo.

Y quizá esa transformación ha sido mucho más importante que cualquier técnica que haya aprendido. Porque cocinar bien siempre será importante. Pero aprender a valorar aquello que hace posible la cocina, para mí, resulta todavía más trascendente.

Estamos a punto de entrar en una de las temporadas más esperadas del año. En las próximas semanas veremos mesas llenas, conversaciones alrededor de ciertos platillos y una emoción que solamente aparece cuando el calendario anuncia que algo está por regresar.

Será un buen momento para preguntarnos de nuevo cuánto cuesta un alimento.

Pero, sobre todo, será una mejor oportunidad para preguntarnos cuánto vale.

Porque el precio se paga una sola vez.

El valor, en cambio, se descubre cada vez que decidimos mirar un poco más allá de aquello que tenemos frente a nosotros.

Y quizá ese sea uno de los aprendizajes más valiosos que la cocina puede regalarnos: entender que hay cosas cuyo verdadero significado jamás cabrá en una etiqueta.

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