Hola, hola, ¿qué tal tu día? Me da gusto volverte a saludar, mi estimado lector. Hoy vengo a platicarte de un tema que, en mis tiempos de estudiante, me hizo creer que podría comerme el mundo, literalmente. Pero que, durante la ejecución en la vida laboral, realmente no fue como lo imaginé.
Como docente gastronómica, venía a mi mente muy seguido la necesidad de aprender justo en esa etapa laboral, para después compartirlo con mis alumnos. Me refiero a la labor de venta que hacen las escuelas al ofertar carreras que despuntan como moda, pero que se saturan en el campo laboral. Lo más triste es ver cómo esa carrera, al final, no resulta ser lo que te ofrecieron.
“Chef en tan solo 18 meses”, “licenciatura en Gastronomía”, “chef ejecutivo”… esos son los títulos que se observan cuando estás en búsqueda de la mejor opción, ya sea de manera particular o en el sistema de gobierno. La idea es la misma: llenar la matrícula de la materia. Al inicio, te emociona recibir el uniforme, comprar tu estuche de cuchillos o los zapatos de goma que te hacen lucir botarga del “similares” a los demás —no es en serio, pero sí—. Al principio parece que estás siendo observado por todos porque usas filipina; qué más, hasta la familia te hace chistes, como “¿tú, mi’jito, vas a armarme el menú de la fiesta de tu prima?”, o te imaginas haciendo exámenes de “pozole” “mole de caderas avanzados”, “tamales uno, dos, tres”… o quién sabe qué más. Pero la verdad es muy distinta.
Existen instituciones que facilitan el camino: dentro del cobro de la colegiatura ya está incluida la lista de insumos, y en algunas hasta te hacen el aseo al finalizar la clase. El ciclo escolar continúa su curso hasta que te gradúas y sales con la idea de trabajar en un restaurante de alta gama. Acudes a la entrevista, revisan tu currículum, te aceptan —porque siempre se requieren manos en cocina— si comentaste que en tus estadías desempeñaste ciertas funciones. Muy seguramente te colocarán ahí; en caso contrario, serás el ayudante de todos, incluida el área de loza. Y aquí viene lo bueno, porque te preguntas: “¿yo, ayudante de todos? ¿de verdad debo lavar instrumentos, quedarme a fregar parrillas, comer de pie, salir más tarde de mi hora de salida?” Eso no te lo dijeron en la escuela.
Y es que mientras eres practicante tampoco te tratarán así, pues en ese entonces, como no se te paga, tampoco se te exige. Pero cuando eres uno más, cuando ya eres asalariado, te vuelves la competencia. Y aquí el cargo se gana o se pierde el terreno: si en el restaurante eres el único con título universitario, vas a escuchar frases como “¿y eso que estudiaste?”, “no, pues imagínate”, “¿y eso que llevaste esas materias?”, “uy, no, eso que tu escuela era de las mejores sí se nota”, entre otras.
Hasta aquí observo lo siguiente en las instituciones que ofertan la carrera de Gastronomía: deberían ser muy claras en el plan de estudios y hacer consciente al alumno, desde el inicio, de las habilidades que se requieren para trabajar en este sector. Literalmente, la escuela debería ser un gimnasio donde el alumno entrene, se fortalezca y se adapte antes de salir al mundo laboral.
Ciertamente, los alumnos de hoy no buscan ser entrenados; buscan la comodidad, sentirse cobijados y protegidos bajo este nuevo modelo educativo. Incluso se le exige eso al docente, desafortunadamente. Y uno termina entregando generaciones de alumnos que serán presa fácil de un sector muy demandante.
Por otro lado, el ambiente laboral y la exigencia del trabajo no permiten disponer de un instructor que guíe al estudiante. Quienes acaban de salir y se están integrando al mundo laboral, durante todo ese ciclo de prueba, no tienen a nadie detrás que les enseñe paso a paso: Te enfrentas a la realidad desde el día uno. Si no, simplemente no es funcional, y son dos caminos: o te asustas y no regresas al día siguiente, o te arriesgas a vivir la aventura. Y está llena de retos, de sinsabores, pero también de muchas alegrías.
Desafortunadamente, me he topado con muchos chicos que esperan recuperar lo que han invertido en su carrera, y el sueldo, sin experiencia, no va a ser lo que imaginaste. Deberán pasar algunos años para que logres subir de puesto, y con ello lleguen tiempos distintos. Otros se aventuran a emprender y, en el mejor de los casos, logran despuntar —el reto está en mantenerse—. Otros más optan por rendirse y cuestionarse si eso era realmente lo que querían para su vida.
Te comparto esto no con el afán de hacerte claudicar, sino desde lo que los años y la experiencia me han permitido observar. Mi invitación para ti es que te cuestiones si estás dispuesto a pagar el precio para lograr hacerte notar. Si la respuesta es sí: sé diligente, aprende, sacrifica tiempo dedicándolo a otras áreas que te enseñen, acércate. El dinero es la consecuencia, y llega. Siempre llega.
Trabajar en el sector de alimentos es trabajar en el servicio, y servir supone sacrificarse conscientemente, porque se sabe bien que siempre será más reconfortante servir que ser servido.
Hasta aquí la entrega de esta semana. Nos vemos en la próxima.
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