Si el maíz es nuestra madre y el cacao nuestro amor tóxico, la vainilla es la hija bonita, esa que se fue a triunfar a Hollywood y nunca mandó dinero a la casa. La vainilla es una orquídea, la única orquídea en el mundo que se come. De las 30,000 orquídeas que existen, solo una nos da fruto. Y nació aquí, en el Totonacapan, entre Papantla, Veracruz, y la Sierra Norte de Puebla. Su nombre científico es Vanilla planifolia. Los totonacos le decían xanath, que significa «flor negra». Y tiene un mito hermoso, por cierto. Déjame te cuento: la princesa Xanath se enamoró de un joven humilde, pero su padre no lo permitió; al final, los mataron a los dos. Donde cayó su sangre nació una orquídea enredada en un arbusto. La orquídea es ella, abrazada a su amado, por lo que cada vez que hueles vainilla, hueles una historia de amor prohibido.
Déjame te cuento que los totonacos fueron los primeros en «curarla». Así como lo oyes, porque la vainilla no se da así nomás: la cortas verde y no huele a nada. Tienes que asolearla de día, sudarla en cajones de noche y masajearla lentamente a mano durante nueve meses. Ajá, así como lo oíste: nueve meses. Literalmente es un embarazo. Por eso huele tan profundo: lleva paciencia humana dentro.
Cuando llegaron los aztecas, la exigían como tributo. Cuando llegaron los españoles, se volvieron locos. Cortés la vio mezclada con cacao y se la llevó a Europa; en 1520 a los europeos les encantó, pero no la podían cultivar. Intentaron sembrarla en Francia y en Inglaterra, y sí, crecía la planta, pero no daba fruto. ¿Por qué? Porque solo la puede polinizar una abeja chiquita sin aguijón que solo vive aquí: la abeja melipona. Sin esa abeja, simplemente no hay vainilla.
Y entonces pasó el atraco perfecto del siglo XIX. En 1841, en la isla de La Reunión, un niño esclavo de 12 años llamado Edmond Albius descubrió cómo polinizarla a mano con un palito delgado. ¡Date cuenta! Así tal cual, con un palito. Ese niño de 12 años hizo lo que los mejores botánicos del mundo no pudieron en 300 años. Gracias a él, la vainilla se pudo sembrar en Madagascar, en Indonesia y en todos lados.
Y aquí viene el dato triste de esta historia. ¿Y qué pasó con México? Como siempre, mi gente, nos quedamos mirando. Hoy Madagascar produce el 80 % de la vainilla del mundo e Indonesia otro 10 %. México, que la inventó y tiene la mejor vainilla del mundo —la de Papantla, con denominación de origen—, produce menos del 3 %. Es la segunda especia más cara del planeta después del azafrán. Un kilo de vainilla, así de la buena, de la fregona, llegó a costar hasta 600 dólares: más cara que la plata. Y nuestros abuelos totonacos la siguen vendiendo en manojos en el mercado por 50 pesos.
Por eso es importante difundir toda esta información, que sepamos que México es un país muy bendecido, una tierra tan noble que le aporta riqueza al mundo. ¿Y qué hacemos nosotros? Nos roban el oro negro en nuestras narices, y lo peor es que es negro de verdad: una vaina arrugadita que huele a todo lo bueno del mundo.
Por eso, cuando compras helado de vainilla y dice «sabor a vainilla», el 99 % es mentira: es vainilla sintética hecha de petróleo. La real, la de Papantla, huele a 250 compuestos distintos; huele a chocolate, a ciruela, a tabaco y a bosque húmedo. La sintética huele a una sola cosa: a engaño.
La próxima vez que pruebes vainilla de verdad, la de Papantla, cierra los ojos. Te estás comiendo una orquídea, un mito totonaco, el trabajo de nueve meses de un campesino y la venganza de una princesa que no se dejó. Esa es nuestra vainilla.
Así que te espero la próxima semana para continuar con esta información que sana, que cura y que restaura nuestra identidad como mexicanos. Te pido un favor enorme: comparte esta información y difunde México.
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