La Real Academia Española acaba de incorporar formalmente la palabra “turismofobia” a su diccionario. En México, el término dejó de ser un concepto lejano de Barcelona o Venecia para convertirse en una discusión cotidiana, justo en el año en que el país recibe al mundo con la Copa Mundial de Fútbol 2026.
Hay palabras que llegan tarde al diccionario porque el fenómeno que nombran ya llevaba años ocurriendo sin etiqueta. Esa es, más o menos, la reflexión con la que el periodista Herles Velasco abrió su columna en El Universal a inicios de agosto: describe el fenómeno como el resentimiento hacia una industria turística que ya no crece por recomendación de boca en boca, sino impulsada por el algoritmo. La RAE, según recoge esa misma columna, terminó por darle a ese resentimiento un nombre oficial.
Un concepto que nació en España, hace apenas unos años
El término no es nuevo, aunque su uso masivo sí lo es. De acuerdo con la investigación “Turismofobia: origen y evolución”, de la académica Lydia Millán Sánchez, el concepto surgió en España en 2017, ligado al crecimiento acelerado del turismo en la costa mediterránea. Desde entonces, ciudades como Barcelona, Venecia, París o Madrid se convirtieron en los casos de estudio obligados de un fenómeno que, según explica una investigadora consultada por UNAM Global, se traduce en protestas —a veces violentas— contra los visitantes que saturan los cascos históricos y los puntos de mayor interés turístico de esas urbes.
México, entre el orgullo turístico y el malestar social
México no ha sido ajeno a esta tensión, aunque durante años las propias autoridades insistieron en que el país estaba lejos de vivir un rechazo generalizado al visitante. El fenómeno, sin embargo, se ha vuelto más visible en 2026, con la Copa Mundial de Fútbol como catalizador. En febrero, decenas de personas marcharon en la alcaldía Cuauhtémoc, en la Ciudad de México, para exigir una declaratoria contra lo que llaman “turistificación” y pedir regulación a las plataformas de renta temporal como Airbnb, responsabilizándolas del alza en las rentas de la capital.
El reclamo de fondo no es exactamente contra el turista de paso, sino contra un proceso más amplio: la gentrificación. Así lo planteó el periodista Enrique Hernández en entrevista con Canal E, al señalar que hoy resulta cada vez más difícil ubicar a los ciudadanos mexicanos dentro de sus propias ciudades, porque los alquileres se han vuelto inaccesibles incluso para la clase media. Un reportaje de Milenio documentó el ritmo de esa transformación: solo en la Ciudad de México, cada 48 horas tres viviendas dejan de estar disponibles para renta residencial y pasan a operar como hospedaje turístico de corto plazo.
Un debate que también genera fricciones incómodas
No todas las voces coinciden en cómo procesar este malestar. Un reportaje de CNN en Español documentó pintas y consignas dirigidas contra extranjeros durante una protesta en la capital mexicana, lo que llevó a algunos críticos a calificar ciertas expresiones del movimiento como xenófobas, mientras los propios activistas insisten en que defienden un derecho humano: el acceso a la vivienda.
La Organización Mundial del Turismo, por su parte, ha planteado una lectura distinta del problema. Según ha señalado el organismo, el origen del malestar no está en el turista individual, sino en las malas prácticas de gestión pública que permiten que el crecimiento turístico avance sin planeación.
La lección pendiente
Quizá el resumen más útil de este momento lo ofrece una columna reciente de El Financiero, que compara el caso mexicano con el español: el éxito turístico, cuando no se gestiona con inteligencia, termina por convertirse en su propio verdugo. Para México, con el Mundial ya en marcha y los reflectores del planeta puestos sobre Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, el reto no es dejar de ser un destino atractivo —el país fue, según datos previos de la OMT, el séptimo más visitado del mundo—, sino demostrar que puede recibir a millones de visitantes sin que eso signifique expulsar a quienes ya vivían ahí.
Dato para tener en el radar: Yucatán, con Mérida a la cabeza, es otro de los destinos que autoridades locales han identificado como zona de atención preventiva, ante un crecimiento turístico que, sin llegar al sobreturismo, ya empieza a generar cierto recelo entre la población.
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