Tlecuil – Cocina de humo

Un acercamiento a la gastronomía

Los que vienen después

Hay una frase que escuchamos con frecuencia cuando hablamos del campo, de los oficios y de nuestras cocinas:

“Los jóvenes ya no quieren continuar.”

La decimos cuando una familia deja de sembrar. Cuando los hijos de un productor deciden estudiar otra cosa. Cuando una receta deja de prepararse. Cuando un oficio comienza a desaparecer. Cuando alguien abandona su comunidad para buscar oportunidades en otro lugar.

Y casi siempre aparecen las mismas explicaciones:

“Ya no les interesa.” “Ya no quieren aprender.” “Prefieren hacer otra cosa.”

Pero quizá llevamos demasiado tiempo haciendo la pregunta equivocada.

¿Y si el problema no es que las nuevas generaciones no quieran continuar, sino que nosotros no hemos construido condiciones suficientemente buenas para que valga la pena hacerlo?

Porque desde afuera resulta relativamente sencillo pedir continuidad.

Queremos que el hijo de un agricultor siga sembrando. Que la hija de una cocinera aprenda sus recetas. Que una familia continúe produciendo el mismo queso. Que alguien conserve una semilla. Que una técnica siga pasando de una generación a otra.Queremos que esos conocimientos no desaparezcan porque entendemos que ahí existe una parte importante de nuestra identidad.

Pero pocas veces hacemos otra pregunta:

¿qué vida estamos pidiendo que continúen?

Detrás de muchos de esos conocimientos existen jornadas largas, incertidumbre, desgaste físico, ingresos variables, dependencia del clima y dificultades económicas.

Entonces aquello que nosotros vemos como patrimonio puede ser visto de una manera completamente diferente por quien creció dentro de él. Para nosotros puede ser tradición. Para alguien más puede ser la historia de sus padres trabajando durante décadas sin conseguir estabilidad. Para nosotros puede ser hermoso ver a una familia trabajando de la misma manera durante generaciones. Para uno de sus hijos quizá la aspiración sea precisamente no tener que vivir de esa manera.

Y eso también tenemos que aprender a escucharlo.

No podemos pedirle a una generación que conserve aquello que nosotros mismos hemos hecho difícil de sostener.

Nos gusta contar historias del campo.

Las manos marcadas por la tierra. Las jornadas que comienzan antes de que salga el sol. Los procesos lentos. La paciencia. El conocimiento transmitido durante generaciones.

Todo eso tiene un enorme valor, pero también existe el riesgo de romantizar aquello que no tenemos que vivir. Una fotografía puede mostrar belleza donde otra persona experimenta cansancio. Un relato puede convertir en tradición aquello que para alguien representa precariedad.

Hay trabajos que admiramos precisamente porque no somos nosotros quienes tenemos que hacerlos todos los días.

Reconocerlo no significa despreciarlos, significa mirarlos con mayor honestidad.

Una tradición puede contener generaciones de conocimiento y al mismo tiempo necesitar mejores condiciones para sobrevivir. Porque muchas veces queremos conservar el resultado sin preguntarnos qué necesita la persona que lo hace posible.

Queremos la tortilla, el queso, el pan, la semilla, la fruta, la receta, la técnica. Pero detrás de cada una existe alguien que necesita construir una vida.

Podemos documentar esos conocimientos. Fotografiar los procesos. Escribir sobre ellos. Declararlos importantes, pero ninguna de esas cosas garantiza que mañana exista alguien dispuesto a volver a hacerlos.

La continuidad necesita algo más que reconocimiento. Necesita futuro.

Quizá por eso deberíamos escuchar de otra manera cuando un productor dice:

“Yo no quiero que mi hijo pase por lo mismo que yo.”

Desde nuestra mirada podríamos pensar inmediatamente en todo lo que podría perderse si ese hijo decide no continuar. Pero para un padre esa frase puede significar algo mucho más sencillo: “Quiero que tenga más oportunidades.” “Quiero que gane mejor.”“Quiero que pueda elegir.” “Quiero que su vida sea menos difícil que la mía.”

¿Con qué autoridad podríamos reprocharle eso?

Entonces quizá la pregunta no debería ser solamente por qué alguien decide irse.También tendríamos que preguntarnos:

¿qué tendría que existir para que quedarse fuera una posibilidad real?

Y ahí la conversación deja de pertenecer únicamente a la cocina. Hablamos de ingresos, educación, tecnología, acceso a mercados, condiciones laborales y oportunidades. Pero también de algo que a veces olvidamos:

continuar no significa repetir.

El hijo de un agricultor no tendría que sembrar exactamente como su padre para seguir vinculado con el campo.

Una nueva generación puede utilizar tecnología. Puede transformar un producto. Encontrar otros mercados. Estudiar y regresar con nuevas herramientas. Construir otra manera de relacionarse con aquello que recibió.

Porque nadie quiere heredar únicamente obligaciones. También necesitamos heredar posibilidades. Tal vez el objetivo no debería ser convencer a los jóvenes de regresar a la vida de sus padres.

Quizá deberíamos construir condiciones para que puedan imaginar una vida propia a partir de aquello que recibieron. Y eso cambia todo. Porque ya no basta con decir que una semilla tiene valor cultural si producirla no permite vivir dignamente. No basta con admirar un producto artesanal si quien lo produce no puede sostenerse de su trabajo. No basta con celebrar una receta si el conocimiento detrás de ella deja de tener sentido para quien tendría que aprenderla.

El reconocimiento cultural sin viabilidad económica termina siendo una forma muy frágil de preservación.

Esta idea también nos corresponde a quienes trabajamos en restaurantes. Tenemos acceso a ingredientes, historias y conocimientos que muchas veces llegan hasta nuestras cocinas después de atravesar generaciones. Podemos utilizarlos, hablar de ellos y convertirlos en parte de nuestra propuesta. Pero nuestra responsabilidad no debería terminar en contar de dónde vienen. También vale la pena preguntarnos qué relación estamos construyendo con las personas que permiten que sigan existiendo. Porque si queremos que determinados productos continúen, producirlos necesita seguir teniendo sentido. Y si queremos que las nuevas generaciones permanezcan vinculadas con esos conocimientos, tendremos que aceptar que probablemente lo harán de una manera diferente.

El futuro no tiene la obligación de parecerse al pasado para respetarlo.

Puede utilizar otras herramientas, otros modelos, otras formas de producir y vender, puede cuestionar cosas que durante generaciones parecieron intocables. Eso no necesariamente significa que algo se perdió. En ocasiones puede significar exactamente lo contrario:

que encontró una manera de continuar.

Por eso cada vez me interesa menos preguntar por qué los jóvenes “ya no quieren”.Algunos quizá no quieran, y están en su derecho, otros sí querrán, pero no encontrarán cómo, otros estudiarán y regresarán, otros transformarán completamente aquello que recibieron. No podemos decidir por ellos. Pero sí podemos preguntarnos qué estamos construyendo para que continuar sea, al menos, una posibilidad.

Porque una tradición comienza a desaparecer mucho antes de que la última persona deje de practicarla. Comienza cuando deja de ser viable. Cuando deja de transmitirse.Cuando quienes poseen ese conocimiento sienten que la única manera de ofrecer un futuro mejor a sus hijos es alejarlos de aquello que ellos mismos hicieron toda su vida.

Ahí deberíamos prestar atención. No para obligarlos a quedarse, sino para entender por qué se están yendo. Quizá el verdadero reto del relevo generacional no sea conseguir que alguien repita lo que hicieron sus padres. Sea conseguir que aquello que recibió pueda convertirse en una posibilidad para construir algo propio.

Porque conservar también puede significar transformar y heredar no debería significar cargar. Debería significar tener algo desde donde comenzar. Así que la próxima vez que escuchemos:

“Los jóvenes ya no quieren continuar”, quizá deberíamos cambiar la pregunta.

No: ¿por qué no quieren seguir?

Sino: ¿qué les estamos dejando para que quieran hacerlo?

Porque si realmente queremos que algo llegue hasta la siguiente generación, tendremos que dejarles algo más que la responsabilidad de conservarlo.

Tendremos que dejarles la posibilidad de construir un futuro con ello.

De otra manera, algún día aquello que tanto quisimos preservar podrá seguir teniendo historia, valor y memoria.

Pero ya no tendrá a nadie dispuesto a continuarla.

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