Tlecuil – Cocina de humo

Un acercamiento a la gastronomía

El precio de llegar

Nos enseñaron a sentir orgullo por todo aquello que tuvimos que soportar para llegar hasta donde estamos. Las jornadas interminables, los días sin descanso, las oportunidades que dejamos pasar y los momentos en los que nuestra vida personal quedó en segundo plano. Con el tiempo, esas experiencias se convierten en parte de nuestra historia y, muchas veces, en la manera en que explicamos lo que hemos conseguido.

Pero hay una pregunta que pocas veces nos hacemos:

¿En qué momento comenzamos a confundir el sacrificio con el valor de nuestro trabajo?

En las cocinas conocemos bien esa forma de pensar. Durante generaciones hemos escuchado que para aprender hay que resistir, que la disciplina exige renuncias y que solamente quienes soportan las condiciones más difíciles merecen avanzar. Y es cierto que este oficio requiere esfuerzo, constancia y una enorme capacidad para enfrentar momentos complicados. Ninguna trayectoria se construye sin dificultades.

Sin embargo, reconocer el esfuerzo no significa que todas las condiciones en las que aprendimos hayan sido correctas.

Que algo nos haya costado mucho no significa que necesariamente haya tenido que costarnos tanto.

A veces recordamos nuestras experiencias más difíciles con una mezcla de orgullo y gratitud. Pensamos que gracias a ellas desarrollamos carácter, aprendimos a resolver problemas y encontramos la fortaleza para continuar.

Puede ser verdad, pero también deberíamos preguntarnos si algunas de esas dificultades pudieron evitarse. Porque una cosa es reconocer lo que aprendimos de una experiencia y otra muy distinta es utilizarla para justificar que alguien más tenga que vivirla.

Y aquí aparece una contradicción que me parece importante. Durante años podemos desear mejores oportunidades, condiciones más dignas y una manera distinta de ejercer nuestro oficio. Pero cuando finalmente tenemos la posibilidad de tomar decisiones, corremos el riesgo de repetir aquello que alguna vez cuestionamos.

A veces porque es lo que conocemos, a veces porque creemos que así se aprende.

Y otras porque nos cuesta aceptar que alguien pueda llegar más lejos sin haber tenido que soportar exactamente lo mismo.

¿Cuántas veces hemos convertido nuestras propias dificultades en requisitos para los demás?

Esta pregunta no pertenece solamente a las cocinas. También existe en las empresas, en las familias y en cualquier espacio donde una generación transmite a otra su manera de entender el trabajo.

No se trata de eliminar la exigencia ni de confundir mejores condiciones con falta de compromiso. La disciplina seguirá siendo necesaria. Los errores tendrán consecuencias y aprender continuará requiriendo tiempo, paciencia y responsabilidad. Pero exigir calidad no debería significar normalizar el desgaste y formar a alguien no tendría que implicar poner a prueba cuánto sufrimiento es capaz de soportar.

Lo escribo también desde mi propia experiencia. He construido una trayectoria dentro de un oficio que me ha exigido mucho y que también me ha dado oportunidades que valoro profundamente.

No reniego de ese camino, pero hoy, cuando me corresponde dirigir equipos, tomar decisiones y acompañar el crecimiento de otras personas, entiendo que mi responsabilidad no consiste en demostrarles cuánto me costó llegar.

Consiste en preguntarme qué puedo hacer mejor con aquello que aprendí. Porque el verdadero valor de la experiencia no debería medirse únicamente por nuestra capacidad de resistir, sino también por lo que somos capaces de transformar gracias a ella.

Y quizá ahí necesitamos revisar nuestra idea del éxito.

Llegar a una posición, obtener reconocimiento o alcanzar una meta puede representar años de trabajo. Pero nada de eso garantiza que hayamos aprendido a ejercer de manera distinta la responsabilidad que ahora tenemos.

No basta con llegar más lejos si, desde ese lugar, seguimos haciendo que otros recorran los mismos caminos que alguna vez quisimos cambiar.

Tal vez el éxito también debería medirse por las condiciones que ayudamos a construir, las oportunidades que abrimos y las prácticas que decidimos no repetir.

Porque nuestra historia puede explicar de dónde venimos, pero no tiene por qué determinar lo que otros deberán soportar para avanzar.

Y si después de tantos años de esfuerzo tenemos la posibilidad de cambiar algo, quizá ésa sea una de las responsabilidades más importantes de haber llegado.

Que algo nos haya costado tanto no significa que deba costarle lo mismo a quienes vienen detrás.

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